Los niños pasan la mayor parte de su día en espacios cerrados: aulas, guarderías, comedores y salas de juego. Sin embargo, cuando hablamos de salud y bienestar en entornos educativos, la calidad del aire interior sigue siendo un factor poco visible, a pesar de su impacto directo en el desarrollo, el aprendizaje y la salud infantil.
Durante la infancia, el sistema respiratorio, el cerebro y otros sistemas clave aún están en desarrollo. Esto hace que los niños sean especialmente sensibles a la exposición prolongada a contaminantes presentes en el aire interior, como partículas finas, gases, humedad excesiva o compuestos orgánicos volátiles. Diversos estudios científicos relacionan estas exposiciones con un aumento de síntomas respiratorios, mayor absentismo escolar y efectos en la atención, la memoria y el rendimiento académico.
La contaminación del aire interior no proviene solo del exterior. En los centros educativos se genera también por materiales, productos de limpieza, polvo en suspensión, una ventilación insuficiente o una filtración inadecuada. Por ello, mejorar la calidad del aire en escuelas y guarderías no es solo una cuestión de confort, sino una intervención concreta y medible para proteger la salud de los niños y favorecer mejores entornos de aprendizaje.
En este espacio abordaremos por qué la calidad del aire interior es tan relevante en entornos educativos, qué dice la evidencia científica más reciente y qué medidas prácticas pueden adoptar los centros para monitorizar, ventilar y filtrar de forma eficaz.



